El Reglamento de Policía Sanitaria Mortuoria establece, con carácter general para toda España, que no puedan construirse viviendas a menos de quinientos metros de los cementerios. Nuestro inolvidable presidente Hormaechea, indudablemente sin darse cuenta de que con ello podía perjudicar futuros negocios a su diputado y asesor en materia de obras públicas, don José Antonio Gutiérrez, redujo esa distancia de prevención y respeto a doscientos metros. Cuando nuestro amantísimo Gobierno, discípulo torpe del gran Horchi, se percató hace unos meses de que ni así podía librar de la nefasta vecindad de los difuntos a varios amiguetes, tan adictos a la necrofilia como a los beneficios inmobiliarios, rebajó, mediante la Ley 5/2002, de 24 de julio, esa distancia de doscientos a veinticinco metros.
Los concejales socialistas de Potes, siempre atentos al bienestar de los vecinos, no desaprovechamos entonces la ocasión de denunciar públicamente la gran discriminación e injusticia que esa Ley de Cantabria suponía para nuestro municipio, pues en aquel momento, al igual que ahora, existen treinta y tantas viviendas habitadas, pero en precario, y cuarenta más en construcción a menos de esos veinticinco metros de respeto (aunque poco) exigidos por ley. Pedimos, en consecuencia, a nuestras autoridades regionales que modificaran la normativa legal para que, al menos en Potes, se pudiera construir viviendas hasta las mismísimas tapias del cementerio (siempre y cuando no le quitaran el sol a la tumba de nuestro paisano Juanín, que está pegando a la pared norte del campo santo municipal).
Y dicho y hecho ( como dice el PP con las pensiones), que no en vano tenemos una mano negra infalible para este tipo de asuntos urbanísticos: el 31 de diciembre de 2002 el Boletín Oficial de Cantabria publicó la Ley de Cantabria 10/2002, de 23 de diciembre, de Medidas Administrativas y Fiscales, en la que, entre otras muchas y variadas cosas, nuestro inefable gobierno regional establece que, en los casos como el de Potes, se podrá construir viviendas a cinco metros del cementerio. O sea, justo, justo para que libren las cuarenta viviendas que se construyen junto al cementerio de nuestro pueblo, que están a cinco metros y medio. Vaya, como si a la promotora Sofía y Domingo Gutiérrez, S.L. le hubiera tocado el gordo de Navidad con un día de retraso.
De este modo, pese a lo que juró y perjuró el vicepresidente Revilla sobre el cumplimiento estricto de la Ley 5/2002, lo cierto es que, como en otras ocasiones, su fervor legal no ha resistido el primer envite: en este caso sólo le ha durado cinco meses, aunque de los esparajismos que hacía y de los grititos que daba en el Parlamento el pasado verano pudiera parecer que ponía como garantes de su palabra a sus propios muertos.
Bueno, pues no hay mal que por bien no venga, porque si los muertos del vicepresidente Revilla no pueden servirnos como testigos, de ahora en adelante tenemos asegurado que los nuestros podrán dar fe de lo que pase en unas cuantas casas del pueblo. Y viceversa. Es la ventaja de hacer pisos con vistas... al cementerio. Y el mejor modo de perder el respeto a los difuntos... por mor del trato y la familiaridad, faltaría más.
Pero aparte de que lo dicho representa una nueva ventaja en pro de la proverbial calidad urbanística de Potes, pues al gran adelanto que supone (para los promotores de pisos, claro) el urbanismo sin calles que se potencia desde el Ayuntamiento, hay que añadir ahora las vistas de excepción sobre el inenarrable panorama del descanso eterno, tampoco hay que perder de vista lo que puede suponer de ventaja en la edificación... espiritual de las almas. Al fin y al cabo, para el cultivo de la virtud cristiana de la piedad familiar, y para que no se pierda la devoción a las Benditas Almas del Purgatorio, nada mejor que tener los muertos a la puerta casa.
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